Wednesday, July 10, 2013

Explotó la bomba del Cancer de la Próstata

El Grupo de Trabajo de Medicina Preventiva de los EE. UU. anunció hoy que la recomendación de que los hombres se hagan rutinariamente el chequeo del cáncer de la próstata, ya no va mas... 
El Grupo de Trabajo ha concluido que los perjuicios producidos por el
tratamiento del cáncer, son mucho mayores que los beneficios obtenidos
por encontrarlo temprano, por lo que este sería el fin del chequeo del
cáncer de la próstata. 
Usualmente, las recomendaciones de ese Grupo de Trabajo son aceptadas
por los sistemas públicos y privados de Estados Unidos y tienen
profundas consecuencias, sobre todo en el pago de los servicios.

Dos grandes estudios, uno en EE. UU. y otro en Europa (además de otros
estudios mas pequeños) han confirmado que los perjuicios del
tratamiento en cientos de miles de hombres son muchísimo mayores que
los beneficios en unos pocos casos de hombres curados del cáncer. 
Es mas, ningún estudio ha demostrado que el hombre a quien se le
descubre y trata un cáncer de la próstata vive mas tiempo que el
hombre que no se hizo el chequeo. En otras palabras, el chequeo no
alarga la vida. 
Recordemos que el chequeo del cáncer de la próstata estaba recomendado
para todos los hombres mayores de 50 años y consistía en dos exámenes:
el examen digital rectal para palpar la próstata y el examen de la PSA
(Antígeno Prostático Especifico) en la sangre. Tanto era el entusiasmo
de médicos y hospitales para hacer chequeos que muchos habían “bajado
la edad” de los chequeos a los 40 años por lo que miles de hombres con
resultados anormales en todo el mundo recibían innecesariamente la
etiqueta de “pacientes”. 
Una vez hechas las pruebas y encontrado el cáncer, el hombre era
sometido a un tratamiento inmediato por que la creencia era que el
cáncer era sinónimo de muerte y por tanto había que librarse de el lo
mas rápido posible.

Los estudios han documentado sin embargo que los tratamientos del
cáncer de la próstata, sean estos cirugía o radioterapia, dejan
terribles consecuencias. Cinco de cada 1000 hombres por ejemplo mueren
dentro del primer mes por complicaciones de la operación de la
próstata. Además, un número alto de hombres (30 al 75%) quedan con
disfunción eréctil, incontinencia urinaria o problemas con la
evacuación del intestino, complicaciones que casi siempre son
permanentes. Y todas esas complicaciones a cambio de no vivir mas
tiempo o vivir con calidad.

La razón de todo este problema es que el cáncer de la próstata es de
dos grandes tipos.

El primero (la gran mayoría) es un cáncer indolente, de crecimiento
muy lento y que no causa complicaciones. Se dice que el hombre que
sufre este tipo de cáncer se muere CON el cáncer y no A CAUSA de este.
En este caso, el hombre muere de viejo por alguna razón, pero no por
el cáncer. 
El segundo tipo de cáncer de próstata (la gran minoría) es mas
agresivo, da siembras rápidamente y puede llevarse la vida del hombre
muy rápidamente.

El asunto es que en pleno año 2012, la ciencia no ha encontrado la
manera de diferenciar ambos tipos de cáncer de la próstata, a los dos
se les trata por igual.

Debido a esto, los perjuicios del tratamiento recaen entonces en la
calidad de vida de los hombres que tienen el tipo de cáncer lento e
indolente, hombres que hubieran vivido felices y contentos si no se
les hubiera hecho la prueba.

Por supuesto que inmediatamente conocido el anuncio del Grupo de
Trabajo, la Asociación de Urólogos de EE. UU. ha protestado con mucha
vehemencia. Ha dicho que esas recomendaciones son inapropiadas e
irresponsables y que los hombres deberían tener la opción de poder
escoger si quieren hacerse el chequeo o no.

Muchos cínicos ven en esa protesta, la amenaza profesional en términos
económicos de ya no poder atender y tratar a los 241,740 casos de
cáncer de la próstata que se descubren cada año solo en Estados
Unidos. 
Para concluir, y ahora si es oficial, si usted tiene 50 años o mas, no
se haga el chequeo del cáncer de la próstata... y si usted tiene menos
de 50 años y su doctor le quiere hacer el chequeo del cáncer de la
próstata, sugiérale con todo respeto que vuelva a la facultad de
medicina para recibir cursos de refresco


Algo muy común en dichos "chequeos" es que te diagnostican
crecimiento de la próstata, algo que es normal a cierta edad, y te
mandan a hacer una "biopsia", la cual consiste en hacerte una serie de
perforaciones de la glándula a través del ano, por lo que te perforan
tanto la próstata como el intestino y orinas y defecas con sangre por
varios días. Cada perforación es literalmente un "sacabocado" de mas o
menos unos 15 milímetros de largo por 2 de grueso, que si juntas todas
esas "muestras" (12 perforaciones cuando menos al rededor de la
próstata) seria una herida de CASI UN CENTíMETRO DE GRUESO, por lo
que si no estás enfermo, te pondrás y con el gran riesgo de lastimarte
los nervios y dejarte impotente. A los analistas no les incomoda en lo
mas mínimo, será que no se lo están haciendo a ellos.

Monday, July 1, 2013

LA ENFERMEDAD ES MI PROBLEMA, ES MI RESPONSABILIDAD ...


por Jorge Carvajal Posada, médico.
El hombre es milagroso en cuanto que puede transformar su pasado.
Algunos dicen “no se ocupen del pasado que el pasado ya no existe”, pero el pasado está vivo, presente, doloroso, en cada una de nuestras células, frecuentemente, produciendo enfermedades.
 El problema del pasado es simplemente que haya pasado, que lo dejemos atrás como una estatua congelada.
 Pero al pasado hay que hacerlo presente vivo para transformar su historia, para leerlo en otro código, para interpretarlo en el código del amor y cuando interpretamos el pasado en el código del amor, nuestras heridas de la infancia se sanan.
 Y ahí nosotros somos los psicólogos, los psiquiatras, podemos sanar nuestra vida; todos estamos llenos de dolores, y a veces de dolores absurdos, que cargamos en la vida sin ni siquiera reconocer que existen.
 La técnica respiratoria es muy importante, sobre todo la fase de pausa respiratoria, ¿por qué razón?
Porque cuando tú, respiras lentamente y haces una pausa en la inspiración, la energía del inconsciente y el subconsciente sale a flote, es decir se pregunta ¿qué pasa aquí que no están respirando?
En ese momento el inconsciente hace aflorar a la consciencia una parte a la que no habíamos tenido acceso, de la que éramos víctimas pero que no habíamos reconocido nunca en la vida, y en ese momento podemos dialogar con el subconsciente y podemos sacar nuestras heridas más profundas.
Cuando hacemos eso podemos ir más lejos, así es, como actuamos, para la autosanación.
Yo puedo decirme, por ejemplo, ¿de dónde viene esta alergia?, si tengo una alergia y quiero librarme de ella.
 La alergia es algo que rechazo, un virus, una bacteria, un hongo, el frío, el calor, pero eso no es del todo cierto, eso es quedarnos muy cortos.
 No hay personas que sean alérgicas sólo al frío, las personas alérgicas al frío también tienen miedo a la soledad, tienen miedo al frío del alma, al frío en los sentimientos, a la frialdad del papá o de la mamá, al desafecto, es decir, el frío es simplemente, un símbolo.
“Cuando yo soy alérgico a algo, hay algo… que rechazo… o que temo”.
Entonces si quiero cambiar mi alergia, reconozco mi alergia.
 Si sé que no reconozco mi alergia porque me hace sentir vergüenza, entonces trabajo con la vergüenza: ¿qué cosas en la vida, me evocan vergüenza?
 Luego experimento el sentimiento de la vergüenza y veo como experimento la vergüenza, a veces me pongo pálido y frío, otras veces me pongo rojo como un tomate, otra lo experimento como un vacío o como un hueco a nivel del plexo solar, la puedo experimentar de muchas maneras.
 Dónde y cómo experimento la alergia, me da una idea de la parte de mi energía, que está comprometida.
 Vamos a ver otro sentimiento, el miedo, yo diría que la mitad de nuestros lumbagos son por miedo.
 El miedo provoca más lumbago que todas las hernias discales, todos los problemas articulares, todos los problemas de columna, porque el temor hace que metamos, literalmente, el rabo entre las patas, cerramos el esfínter anal interno, a ese nivel, hay un centro de energía muy importante y nos cerramos a la vida, contraemos toda la musculatura lumbosacra, esa parte queda mal irrigada y nos dan unos lumbagos terribles, y ese lumbago, es el nombre clínico … del miedo.
 Si logro reconocer el núcleo del miedo, si logro observar mi cuerpo y veo que tengo los glúteos y toda esta parte contraída, si logro respirar hacia esa zona y liberar el sentimiento del miedo, y llamar al miedo y decirle “tú eres la mejor parte de mi mismo, cuando asciendes y te revelas, eres mi prudencia, ya no eres miedo, sino que eres prudencia, eres parte de mi amor también”.
 Cuando yo, a través de la respiración, logro ascender esa energía del miedo y logro transmutarla al altar del corazón, que es donde realmente nace el hombre que puede sanarse y puede sanar la vida, entonces desaparece el lumbago.
 Mi resentimiento, mi odio, frecuentemente, está anclado en mis articulaciones.
Yo estoy así totalmente rígido. A veces, con el puño apretado en la noche, inconscientemente, dispuesto a pegar y a agredir. Pues bien, ese dolor articular, es resentimiento congelado en esa parte del cuerpo.
 Si logro experimentar ese dolor y asociarlo a mi sentimiento de ira y a mi resentimiento, y logro comprender que mi resentimiento es algo que se construye en el plexo solar, que bloquea la energía aquí y no permite a la energía acceder a mi corazón, ni a mi sistema inmune, puedo hacer mucho más que el reumatólogo, o puedo ayudarle mucho, para curar y sanar mi artritis y yo soy responsable, no tengo que esperar que el reumatólogo me resuelva el problema.
 La enfermedad es mi problema, no es el problema del médico, es mi responsabilidad, yo también tengo que ver con eso. La medicina no puede ser el arte de pasarle la pelota al médico, porque le pagamos.
 La nueva medicina de la consciencia, es el arte de responsabilizarnos, de nuestra vida y de descubrir que realmente podemos hacer mucho, por nuestra vida.
Frecuentemente, vemos que una persona con un cáncer ha tenido un shock, o una pérdida afectiva muy grande.
 Si una pérdida afectiva le produce un vacío existencial, de tal dimensión, que se vuelve un vacío de energía, y permite que las células degeneradas puedan invadirle, es porque estaba apegado, ese es el problema del apego, que yo debo reconocer.
Si alguien se va y yo lo vivo desde el amor, desde el desapego, sé que su consciencia está conmigo, lo dejo partir, no lo amarro.
 Muchas veces, vemos a alguien al que se le muere el papá o la mamá pero no lo deja partir, eso es literalmente cierto, se queda con parte de su energía anclada al plexo solar.
Esa anclada energética, puede crear crisis de pánico, de hipertensión, cosas violentas en la clínica.
Si nosotros logramos, que la persona se sane, es su alma … la que lo sana.
El sanador no lo hace por el paciente, yo como sanador soy un imán que le doy la carga que su alma necesita, realmente, la sanación es rescatar la autonomía, la autogestión y la libertad del otro, para sanarse.
 La verdadera sanación es, darte las herramientas para que tú, desde tu consciencia, te sanes, no desde tu consciencia racional, sino desde tu sentimiento, desde tu amor, desde tu afecto.
 Frecuentemente cuando uno está haciendo una sanación, ve que la persona, aunque no le haya dicho ni una palabra, empieza a llorar y a sacar su resentimiento y luego siente una sensación de paz, que no es mi paz, es su paz, es la paz de Cristo que también habita en la persona que está siendo sanada.
 La paz está ahí, ha estado siempre ahí, es parte de nuestra esencia, se trata simplemente de quitar todos aquellos apegos, aversiones, sentimientos, separatismos, toda aquella capa de ignorancia, para que la paz se revele tal cual es, y cuando la paz se revela, germina el amor y cuando germina el amor, la sanación es posible, aunque lo que tenga sea … un cáncer, o un lupus.
 Pero no te culpes si no lo logras, porque tú participas también en los problemas genéticos de la herencia, de la humanidad como grupo.
Esto no es para creerse supermán, uno puede ser muy orgulloso y decirse “estoy triste porque no me curé el cáncer”, eso no es un fracaso, el cáncer es un maestro, a veces aprendemos la lección en una ocasión, otras veces necesitamos diez oportunidades y otras necesitamos cien vidas tal vez, pero lo importante es aprender la lección.
Uno no aprende medicina de un día para otro, hay lecciones sumamente complicadas y difíciles.
También nos diplomamos o nos especializamos en el alma, cuanto más grande sea el desafío, más grande es la oportunidad de crecimiento.
 Yo solo les he puesto un ejemplo, de cómo podemos retomar nuestras emociones, identificar nuestras emociones, aceptarlas, no seguir huyendo de ellas, y así poder transmutarlas.
Pero una vez que sentimos la emoción, hay una pregunta fundamental: ¿cuál es la lección que hay, debajo de esta emoción negativa? ¿Cuál era el mensaje, qué me quería decir esta actitud y esta enfermedad?
Cuando yo no digo NO, en la vida, termino resentido y con ira, pero la ira no es el problema, la ira me está diciendo, que hay que aprender a reafirmarme diciendo NO.
 La ira es la mejor estrategia de autoafirmación.
 Cuando yo manifiesto la ira y la transmuto, esa ira se vuelve sanadora, es lo mejor de mi fuerza, mi ira barre y limpia la casa y hace las cosas más rápidamente, ustedes han visto a un ama de casa que en su ira, revolotea y el almuerzo está hecho a las diez de la mañana.
Yo sabía cuando mi mamá estaba iracunda, porque a las diez de la mañana mi casa estaba como un espejo.
 Es así, la ira es una forma de energía que se puede transmutar físicamente, el hecho de que la transmutemos físicamente, no resuelve la fuente de la ira, la fuente de la ira es la necesidad de autoafirmarse, y la necesidad de autoafirmarse, es la necesidad de renunciar a la falsa complacencia.
 Crecer espiritualmente, no es decirle que sí, a todo el mundo.
El crecimiento espiritual, no tiene nada que ver con la bobada, perdónenme la expresión, pero ser espiritual no es ser bobo, y ser tolerante no es ser bobo, la tolerancia no excluye la autoafirmación.
 La autoafirmación es condición del crecimiento espiritual.
 Así que yo tengo que descubrir la lección, debajo del evento negativo, porque el evento negativo no es sino… la apariencia, la sombra.
 Pero esa sombra cuando la quito, abre una puerta de luz, una lección que yo puedo aprender en mi vida.

Sunday, February 10, 2013

SIEMPRE JOVEN, ¿CÓMO LOGRARLO?

Muchas veces se relaciona la madurez con la pérdida de facultades mentales.

Especialistas en el funcionamiento del cerebro como Tony Buzan
aseguran que no tiene por qué ser así.

Las monjas de Mankato.
Una mente perezosa es el taller del diablo (Proverbios)

En su manual Tu cerebro más joven, Tony Buzan pone como ejemplo de
longevidad intelectual una comunidad de monjas de un recóndito lugar
de Minnesota (EE UU) llamado Mankato. Desde hace tiempo interesa a los
investigadores del envejecimiento cerebral, ya que muchas de estas
mujeres superan los 90 años y hay una cuantas centenarias, la mayor
parte de ellas con una asombrosa agilidad mental.

Una monja de esta comunidad, Marcella Zachman, fue portada de la
revista Life porque impartió clases hasta los 97 años. Otra hermana,
Mary Esther Boor, no se jubiló de su trabajo hasta los 99 años.

El profesor David Snowdon, de la Universidad de Kentucky, investigó
por qué entre estas mujeres no hay un índice de demencia senil y otras
enfermedades mentales muy inferior a la media. La respuesta es que las
monjas de Mankato hacen todo lo posible para mantener la mente ocupada
en su vida cotidiana.

Compiten en concursos, resuelven pasatiempos y mantienen debates,
además de escribir en sus publicaciones, dirigir seminarios y dar
clases. Según Snowdon, el estímulo diario revitaliza los conectores
del cerebro, que tienden a atrofiarse con la edad, haciendo que se
ramifiquen y creen nuevos vínculo.

Esta regla también se aplica al rendimiento del cerebro. Según los
neurólogos, cuando lo mantenemos ocupado a través de la lectura, la
creación artística o el juego, aumenta la llamada memoria automática,
que es la que nos permite hacer cosas sin pensar en ellas.

Es el caso del ajedrecista que, en los primeros compases de la
partida, mueve sus piezas sin tener que cavilar. O el de un pianista
de nivel que interpreta una compleja partitura mientras habla con
alguien. Su esfuerzo y constancia les han procurado un seguro de vida
para sus facultades intelectuales, que operan incluso sin que
intervenga la conciencia.

Algunos ejemplos de que la agilidad mental no está reñida con la edad
fueron Miguel Ángel, que dio luz a sus mejores obras de los 60 a los
89 años, hasta su último día de vida. Goethe terminó su obra maestra
Fausto a los 82 años. Y un escritor más cercano a nosotros, José
Saramago, mantuvo hasta poco más de los 87 años una más que envidiable
actividad literaria. Su secreto estaba conformado de dos ingredientes
básicos: trabajo e ilusión. (Y los tuyos....cuáles son....?)

LAS 7 CLAVES DE UN CEREBRO JOVEN.

Envejecer es un mal vicio que no se pueden permitir
 los que andan muy ocupados (André Maurois)

Como no todo el mundo tiene tiempo o ganas de escribir novelas o de
tocar el violín, vamos a ver las claves para mantener el cerebro joven
a cualquier edad.

Según el divulgador William Speed, hay siete cosas que todo el mundo
debería hacer para que su centro de operaciones no vea menguado su
rendimiento:

1.        Ejercicio. Según los especialistas en terapias antiaging,
el mejor tonificador del cerebro son las zapatillas de deporte, ya que
mejora el ritmo cardiaco y, por tanto, la circulación de la sangre
. Un
cerebro bien irrigado mantiene en buen estado las conexiones entre las
neuronas, que son esenciales para el pensamiento. Por tanto, el
ejercicio suave suministra más sangre y oxígeno a nuestro tejido
cerebral, evitando que se deteriore.

2.        Buena alimentación. El consumo de alimentos ricos en
antioxidantes frutas y verduras, legumbres, frutos secos, té verde no
sólo ayuda a prevenir el cáncer, sino que neutraliza los temidos
radicales libres que envejecen el cerebro
. Una dieta demasiado grasa,
además, puede derivar en presión arterial alta, diabetes, obesidad o
colesterol, los cuales dificultan el riego sanguíneo también en el
cerebro.

3.          Aprender siempre. Aunque nuestra materia gris empieza a
envejecer a los 30 años, un aprendizaje constante permite mantener la
agilidad. Para ello debemos procurar a la mente ejercicios y nuevos
desafíos.

4.          Mantener la calma. Jeansok Kim, un investigador de la
Universidad de Washington, asegura "que el estrés puede dañar los
procesos cognitivos como el aprendizaje y la memoria".
 En especial, el
estrés crónico debilita la región del cerebro denominada hipocampo,
donde se forma y consolida la memoria.

5.          Dormir suficiente. Un estudio llevado a cabo en Harvard
con estudiantes de matemáticas demostró que un buen descanso nocturno
duplicaba la capacidad de los participantes para resolver problemas
planteados el día antes. Esto se debe a que, mientras dormimos, el
cerebro se mantiene activo y tiene tiempo de sintetizar lo que ha
aprendido con anterioridad. La expresión: voy a consultarlo con la
almohada tiene, por tanto, mucho sentido.

6.        Reír. El humor estimula la generación de dopamina, una
hormona y neurotransmisor que nos hace sentir bien. La risa nos ayuda
a relativizar nuestras preocupaciones, con lo que evitamos que nuestra
mente se ancle.

7.        Aprovechar la experiencia. Lo bueno de hacerse mayor es que
atesoramos un archivo con millones de situaciones que nos proporcionan
criterio. Esta información podemos aprovecharla para afrontar
problemas nuestros o de otras personas para los que una persona joven
no está preparada.

JUEGOS PARA EL CEREBRO.

Los seres humanos no dejan de jugar porque envejecen; envejecen porque
dejan de jugar (Oliver Wendell Holmes).

En las farmacias se venden sofisticados complementos vitamínicos para
nutrir nuestro músculo pensante, y las tiendas de productos naturales
recomiendan ginseng para la vitalidad y Gingko biloba para reforzar la
memoria. Sin embargo, la mayoría de especialistas coinciden en que el
juego es el protector número uno de las facultades mentales.

La terapeuta Amber Hensley aconseja incorporar a nuestra rutina diaria
alguna de estas actividades para mantener bien lubricada nuestra red
neuronal:

·        Juegos de mesa como el ajedrez, las damas, el dominó o las
cartas, incluyendo los solitarios.

·        Puzzles, mecanos y otros juegos de construcción.

·        Crucigramas, sudokus o cualquier pasatiempo.

·        Cruciletras o Scrabble, juego que consiste en armar palabras
sobre un tablero.


Para los que se aburren con esta clase de pasatiempos, aprender un
idioma es una excelente manera de engrasar todos nuestros circuitos
cerebrales, ya que implica ejercitar la memoria, entender nuevas
estructuras y sintetizar reglas gramaticales.

Por supuesto, dos actividades como leer y escribir también resulta una
gimnasia mental de primer orden, al igual que aprender a tocar algún
instrumento musical.

Una actitud optimista será el complemento imprescindible para que
nuestro cerebro sea un generador de creatividad en lugar de un pozo de
lamentos.


Alimentar la curiosidad y celebrar cada día que pasamos en el mundo es
todo lo que hace falta para no retirarnos nunca del lado soleado de la
vida.


Como reza un proverbio irlandés. Nunca lamentes que te estás haciendo
viejo, porque a muchos les ha sido negado este privilegio
.


PARA MANTENER LA MENTE FRESCA.

La única forma de mantenerse joven mentalmente es no dejar nunca de jugar.

1.            Libros
·        Tu cerebro más joven, Tony Buzan (Urano).

·        Fueras de serie, Malcolm Gladwell (Taurus).

2.            Películas
·        Ahora o nunca, Rob Reiner

·        Space cowboys, Clint Eastwood (Warner Home).

·        "Los puentes de Madison" de Clint Eastwood.

3.            Discos
·        At my age, Nick Lowe (Proper Records).

·        Buena Vista Social Club, Ry Coder (World Circuit).

Independientemente de la edad, debemos vivir como si estuviéramos
poniendo a prueba el mundo, es decir, seguir siendo niños.

Cuando observamos a grandes artistas como Matisse, Picasso o Miró,
entendemos que en esencia continuaron haciendo lo mismo que en su
infancia: jugar, divertirse, ponerse nuevos retos. Mantener la ilusión
cada día y no renunciar a los valores de la infancia es el elixir de
la juventud.

También para el cerebro, pues en cuanto empiezas a pensar como un
viejo ya has perdido la batalla. maestros (Gerard Rosés, pintor).

"Una persona que lee se está haciendo "Alguien" en la vida, además de
cultivar su mente y su espíritu.

Friday, June 29, 2012

Rodolfo Llinás da algunas claves sobre la investigación del Alzheimer


Tomado de Costa Digital - Opinión
07 de mayo del 2009


El científico colombiano Rodolfo Llinás, catedrático de Neurociencia en la Universidad de Nueva York y asesor de la NASA, cree que es ahora cuando se empieza a entender cómo funciona el cerebro y cómo puede mejorar "el estado neurobiológico y psiquiátrico de la humanidad".

Llinás, que lleva cuarenta años estudiando el cerebro humano y el de otras especies, ha asistido al ciclo "Conciencia/consciencia" de la Fundación Marcelino Botín de Santander, donde explicó alguns bases neurobiológicas de la percepción de la realidad.

Para este investigador, considerado como el padre de la neurociencia y que ha sido propuesto por científicos españoles para el Premio Príncipe de Asturias 2009, ahora se vive un "momento precioso" porque se comienza a entender "cosas que antes no se entendían", basadas "en la ciencia dura, en la ciencia bien hecha y no tanto en hipótesis".

"Ha cambiado la percepción no sólo de cómo funciona, sino también de cómo se puede mejorar el estado neurológico y psiquiátrico de la humanidad", ha subrayado Llinás, quien ha destacado que se empiezan a entender los mecanismos de enfermedades como el Alzheimer y hay muchas posibilidades de que quienes lo padecen puedan mejorar. "Es el primer paso, ya sabemos dónde está el tiburón, lo tenemos arrinconado", ha añadido.

Las investigaciones de la neurociencia han aclarado que el cerebro humano y el de otros animales, desde el de los más cercanos como el resto de los mamíferos a los más alejados como los reptiles, tienen el mismo tipo de células y son "casi exactamente iguales".

"Siempre hemos pensado que somos los más bajos de los ángeles y es posible que seamos un grupo especial de animales. Como decía un amigo mío, no venimos de los monos, somos monos", ha explicado.

El cerebro ha evolucionado adaptándose a las propiedades de la tierra y por eso selecciona y percibe sólo aquello que puede ser importante desde el punto de vista de la evolución para desentenderse de lo que no necesita, como, por ejemplo, las ondas de radio o los ultrasonidos. "Si tuviéremos un cerebro que pudiera verlo todo, sería imposible vivir porque la cantidad de información es enorme", ha apuntado.

Llinás se ha preguntado en sus investigaciones cómo hacen los humanos para tener dentro de la cabeza el universo y la respuesta es que el único modo es hacerlo virtualmente.

Así, es el cerebro el que inventa la luz o los colores, que no existen fuera, como tampoco está fuera el dolor, y el que crea una realidad virtual.

El cerebro, que desde el punto de vista biológico se desarrolla hasta los 12 años aunque siga evolucionando desde el punto de vista cultural, empieza a deteriorarse a los 35, pero lo hace lentamente y se puede llegar a los 80 sin que el deterioro se manifieste, algo que no ocurre hasta que el daño llega al 20%.

Rodolfo Llinás es también el creador del magnetoencefalograma, que abre nuevas posibilidades para entender la psicopatología del cerebro, aunque, como muchos de los descubrimientos de la neurociencia, se encuentra con las reticencias de neurólogos y psiquiatras.

El investigador colombiano ha relatado como consiguió que un científico que puso en duda sus teorías cambiara de opinión, probando en él su descubrimiento, con muy buenos resultados.

Para Llinás, la investigación sobre los mecanismos del movimiento está muy madura, y se está avanzando en el estudio de las emociones, que es más complejo, pero el "problema más difícil" sigue siendo la subjetividad.

Wednesday, March 14, 2012

Entrevista a Stella Maris Maruso, Terapeuta que aplica la Psiconeuroendocrinoinmunología

Tengo 55 años. Nací en Buenos Aires, donde vivo. Educo a personas que atraviesan crisis severas. Estoy casada y he criado cuatro hijos. ¿Política? Ayudar a los demás a vivir hasta el último instante. ¿Dios? No soy religiosa, soy espiritual: experimentar la trascendencia me sana.

¿Cuántos pacientes?

Casi 30.000 en los últimos 30 años, con enfermedades de todo tipo, cánceres...

¿Cómo los ayuda?

No tratando de no morir, sino de vivir hasta morir. De morir bien.

¿Qué es morir bien?

Vivir hasta el último instante con plenitud, intensamente. Vivir más no es más tiempo, sino sentirte alegre por estar aquí y ahora.

¿Acaso no vivían antes de enfermarse?

¡Muchos agradecen que su cáncer les haya enseñado a ser felices, a vivir! La enfermedad es una oportunidad de enriquecerse.

Mejor que no llegue.

¡Pero llega! El dolor entra en todas las casas. ¡Y esto hay que saberlo! Deberíamos aprender desde niños que morir es parte de la vida, y a fortalecernos en cada contrariedad.

No nos lo enseñan, es verdad.

Al no aprender a dominar la mente, vivimos arrastrados por ella. Eso es malvivir. ¡La mente es demasiado loca para confiarle tu vida! Confíale tus negocios, ¡pero no tu vida!

¿Por qué no?

La mente va de excitación en excitación, te impide gozar la vida. Los médicos dicen que padecemos "síndrome de déficit de deleite": ¡no sabemos gozar de lo que nos da la vida!

Yo lo procuro.

Un 10% es lo que te pasa y un 90% es lo que haces con lo que te pasa.

Cuestión de actitud. ¿Cuál es la mejor?

Sentir pasión ante la incertidumbre de la vida, ante lo que sea que vaya a traerte.

¿Sea lo que sea?

Sí. Los psiquiatras detectan que hoy padecemos de neurosis noógena: falta de responsabilidad y sentido de la propia existencia.

Pues sí que andamos mal.

Sí, pero la ciencia vanguardista trae buenas noticias: acudiendo a tu interior puedes obtener todo lo que necesites, producir endógenamente todas las drogas analgésicas, euforizantes... ¡Puedes aprender a sanarte!

¿Y prescindir de la medicina?

Hablo de la tercera revolución de la medicina: después de la cirugía y los antibióticos, llega la psiconeuroendocrinoinmunología.

A ver si me cabe la palabra en una línea.

Es la disciplina que integra psiquismo y biología, tras treinta años de investigaciones de sabios como Carl Simonson, Robert Ader, Stanley Krippner...

¿Qué postulan?

La interconexión del sistema nervioso central, el nervioso periférico, el endocrino y el inmunológico. Te lo resumo: ¡las emociones modifican tu capacidad inmunológica!

¿O sea que una emoción puede enfermarme?

La angustia ante lo incierto, el miedo, la desesperanza, el remordimiento, la rabia... ¡Cada una tiene su bioquímica! Y es venenosa, es depresora del sistema inmunológico.

¿De un día para otro?

La salud no es un estado: es un proceso, y muy dinámico. ¡Por tanto, siempre puedes reforzar tu salud si trabajas tus emociones!

¿Las trabaja usted con sus pacientes?

Sí. Hay pacientes ordinarios, sumisos a creencias establecidas, y pacientes extraordinarios, que generan creencias sanadoras.

Creer que puedes curarte... ¿puede curarte?

Hay un viejo experimento famoso: a cuarenta mujeres con cáncer de mama, el médico les contó que la quimioterapia las dejaría calvas. Luego, sólo suministró quimioterapia a veinte mujeres y dejó que las otra veinte creyesen recibirla...

Y no me diga que...

Sí, sí: el 60% de las segundas quedaron tan calvas como las tratadas con quimioterapia. ¿Qué modificó la bioquímica interna de esas mujeres? ¡Sus propias creencias!

Inducidas por el médico.

Lo que demuestra el enorme poder del médico. ¡El médico puede estimular con su actitud la capacidad autocurativa del paciente! Un hijo mío es médico: a él y a todos los médicos les ruego que jamás le digan a un paciente que su condición biológica es irreversible. Ese es el único pecado médico.

Pues hay diagnósticos que desahucian.

Son condenas: matan más que el tumor. Acepta el diagnóstico que sea, ¡pero jamás aceptes un pronóstico! Jamás: si abandonas la esperanza de mejorar, de luchar por tu propia salud..., activas el suicidio endógeno.

Pero sembrar falsas esperanzas...

¿Falsas? A mi padre le pronosticó el médico tres meses de vida por un diagnóstico de cáncer de próstata diseminado al hígado. Trabajamos juntos con amor, relajación, meditación, nutrición... y al año no tenía células cancerosas. Vivió 18 años más.

¿Qué dijo su médico?

"Milagro", dijo. Remisión espontánea. Desde ese día cerré mi empresa y me volqué a ayudar a otros como a mi padre. Y yo hoy vivo en la frontera del milagro: la remisión es un efecto colateral en enfermos que han abrazado las fuerzas de la salud, la vida.

¿Cómo han dado ese abrazo?

Sintiendo que la enfermedad enriquece su vida y que morir no es un castigo, ampliando el círculo de lo que les importa y poniéndose al servicio con amor por la vida que nos traspasa, escapando de su cabeza y empezando a sentir: a reír, a llorar... Se han permitido asombrarse y han experimentado estados de trascendencia.

¿Qué entiende por trascendencia?

Liberarte de tu historia pasada y del temor por la futura. La meditación ayuda mucho. Y eso cambia tu bioquímica: estás sano, ¡vives! Por el tiempo que sea, estás vivo.

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El cáncer de su padre le enseñó cómo ayudar a miles de pacientes desde su Fundación Salud (www.fundacionsalud.org.ar), en Argentina, avalada por científicos de primera fila que la invitan a la facultad de Medicina de la Universidad de Harvard a participar en seminarios de curación espiritual (sic): por aquí aún no nos suena, pero ella me asegura que será el nuevo paradigma médico, en el que el paciente dejará de ser visto como una máquina estropeada que tenga que ser reparada o desahuciada. Esta señora entusiasta me enseña que todo lo que como, pienso y siento va tejiendo mi salud, y que puedo aprender a tejer.


"Hay emociones que pueden matar y otras que te SANAN"

Monday, August 10, 2009

Why Exercise Won't Make You Thin

By John Cloud

TIME MAGAZINE - Sunday, Aug. 09, 2009

As I write this, tomorrow is Tuesday, which is a cardio day. I'll spend five minutes warming up on the VersaClimber, a towering machine that requires you to move your arms and legs simultaneously. Then I'll do 30 minutes on a stair mill. On Wednesday a personal trainer will work me like a farm animal for an hour, sometimes to the point that I am dizzy — an abuse for which I pay as much as I spend on groceries in a week. Thursday is "body wedge" class, which involves another exercise contraption, this one a large foam wedge from which I will push myself up in various hateful ways for an hour. Friday will bring a 5.5-mile run, the extra half-mile my grueling expiation of any gastronomical indulgences during the week.

I have exercised like this — obsessively, a bit grimly — for years, but recently I began to wonder: Why am I doing this? Except for a two-year period at the end of an unhappy relationship — a period when I self-medicated with lots of Italian desserts — I have never been overweight. One of the most widely accepted, commonly repeated assumptions in our culture is that if you exercise, you will lose weight. But I exercise all the time, and since I ended that relationship and cut most of those desserts, my weight has returned to the same 163 lb. it has been most of my adult life. I still have gut fat that hangs over my belt when I sit. Why isn't all the exercise wiping it out? (Read "The Year in Medicine 2008: From A to Z.")

It's a question many of us could ask. More than 45 million Americans now belong to a health club, up from 23 million in 1993. We spend some $19 billion a year on gym memberships. Of course, some people join and never go. Still, as one major study — the Minnesota Heart Survey — found, more of us at least say we exercise regularly. The survey ran from 1980, when only 47% of respondents said they engaged in regular exercise, to 2000, when the figure had grown to 57%.

And yet obesity figures have risen dramatically in the same period: a third of Americans are obese, and another third count as overweight by the Federal Government's definition. Yes, it's entirely possible that those of us who regularly go to the gym would weigh even more if we exercised less. But like many other people, I get hungry after I exercise, so I often eat more on the days I work out than on the days I don't. Could exercise actually be keeping me from losing weight? (Watch TIME's video "How to Lose Hundreds of Pounds.")

The conventional wisdom that exercise is essential for shedding pounds is actually fairly new. As recently as the 1960s, doctors routinely advised against rigorous exercise, particularly for older adults who could injure themselves. Today doctors encourage even their oldest patients to exercise, which is sound advice for many reasons: People who regularly exercise are at significantly lower risk for all manner of diseases — those of the heart in particular. They less often develop cancer, diabetes and many other illnesses. But the past few years of obesity research show that the role of exercise in weight loss has been wildly overstated. (Read "Losing Weight: Can Exercise Trump Genes?")

"In general, for weight loss, exercise is pretty useless," says Eric Ravussin, chair in diabetes and metabolism at Louisiana State University and a prominent exercise researcher. Many recent studies have found that exercise isn't as important in helping people lose weight as you hear so regularly in gym advertisements or on shows like The Biggest Loser — or, for that matter, from magazines like this one.

The basic problem is that while it's true that exercise burns calories and that you must burn calories to lose weight, exercise has another effect: it can stimulate hunger. That causes us to eat more, which in turn can negate the weight-loss benefits we just accrued. Exercise, in other words, isn't necessarily helping us lose weight. It may even be making it harder.

The Compensation Problem
Earlier this year, the peer-reviewed journal PLoS ONE — PLoS is the nonprofit Public Library of Science — published a remarkable study supervised by a colleague of Ravussin's, Dr. Timothy Church, who holds the rather grand title of chair in health wisdom at LSU. Church's team randomly assigned into four groups 464 overweight women who didn't regularly exercise. Women in three of the groups were asked to work out with a personal trainer for 72 min., 136 min., and 194 min. per week, respectively, for six months. Women in the fourth cluster, the control group, were told to maintain their usual physical-activity routines. All the women were asked not to change their dietary habits and to fill out monthly medical-symptom questionnaires.

See the most common hospital mishaps.

See how to prevent illness at any age.

The findings were surprising. On average, the women in all the groups, even the control group, lost weight, but the women who exercised — sweating it out with a trainer several days a week for six months — did not lose significantly more weight than the control subjects did. (The control-group women may have lost weight because they were filling out those regular health forms, which may have prompted them to consume fewer doughnuts.) Some of the women in each of the four groups actually gained weight, some more than 10 lb. each.

What's going on here? Church calls it compensation, but you and I might know it as the lip-licking anticipation of perfectly salted, golden-brown French fries after a hard trip to the gym. Whether because exercise made them hungry or because they wanted to reward themselves (or both), most of the women who exercised ate more than they did before they started the experiment. Or they compensated in another way, by moving around a lot less than usual after they got home. (Read "Run For Your Lives.")

The findings are important because the government and various medical organizations routinely prescribe more and more exercise for those who want to lose weight. In 2007 the American College of Sports Medicine and the American Heart Association issued new guidelines stating that "to lose weight ... 60 to 90 minutes of physical activity may be necessary." That's 60 to 90 minutes on most days of the week, a level that not only is unrealistic for those of us trying to keep or find a job but also could easily produce, on the basis of Church's data, ravenous compensatory eating.

It's true that after six months of working out, most of the exercisers in Church's study were able to trim their waistlines slightly — by about an inch. Even so, they lost no more overall body fat than the control group did. Why not?

Church, who is 41 and has lived in Baton Rouge for nearly three years, has a theory. "I see this anecdotally amongst, like, my wife's friends," he says. "They're like, 'Ah, I'm running an hour a day, and I'm not losing any weight.'" He asks them, "What are you doing after you run?" It turns out one group of friends was stopping at Starbucks for muffins afterward. Says Church: "I don't think most people would appreciate that, wow, you only burned 200 or 300 calories, which you're going to neutralize with just half that muffin." (Read "Too Fat? Read Your E-mail.")

You might think half a muffin over an entire day wouldn't matter much, particularly if you exercise regularly. After all, doesn't exercise turn fat to muscle, and doesn't muscle process excess calories more efficiently than fat does?

Yes, although the muscle-fat relationship is often misunderstood. According to calculations published in the journal Obesity Research by a Columbia University team in 2001, a pound of muscle burns approximately six calories a day in a resting body, compared with the two calories that a pound of fat burns. Which means that after you work out hard enough to convert, say, 10 lb. of fat to muscle — a major achievement — you would be able to eat only an extra 40 calories per day, about the amount in a teaspoon of butter, before beginning to gain weight. Good luck with that.

Fundamentally, humans are not a species that evolved to dispose of many extra calories beyond what we need to live. Rats, among other species, have a far greater capacity to cope with excess calories than we do because they have more of a dark-colored tissue called brown fat. Brown fat helps produce a protein that switches off little cellular units called mitochondria, which are the cells' power plants: they help turn nutrients into energy. When they're switched off, animals don't get an energy boost. Instead, the animals literally get warmer. And as their temperature rises, calories burn effortlessly. (See TIME's health and medicine covers.)

Because rodents have a lot of brown fat, it's very difficult to make them obese, even when you force-feed them in labs. But humans — we're pathetic. We have so little brown fat that researchers didn't even report its existence in adults until earlier this year. That's one reason humans can gain weight with just an extra half-muffin a day: we almost instantly store most of the calories we don't need in our regular ("white") fat cells.

All this helps explain why our herculean exercise over the past 30 years — all the personal trainers, StairMasters and VersaClimbers; all the Pilates classes and yoga retreats and fat camps — hasn't made us thinner. After we exercise, we often crave sugary calories like those in muffins or in "sports" drinks like Gatorade. A standard 20-oz. bottle of Gatorade contains 130 calories. If you're hot and thirsty after a 20-minute run in summer heat, it's easy to guzzle that bottle in 20 seconds, in which case the caloric expenditure and the caloric intake are probably a wash. From a weight-loss perspective, you would have been better off sitting on the sofa knitting.

See pictures of what makes you eat more food.

Watch a video about fitness gadgets.

Self-Control Is like a Muscle
Many people assume that weight is mostly a matter of willpower — that we can learn both to exercise and to avoid muffins and Gatorade. A few of us can, but evolution did not build us to do this for very long. In 2000 the journal Psychological Bulletin published a paper by psychologists Mark Muraven and Roy Baumeister in which they observed that self-control is like a muscle: it weakens each day after you use it. If you force yourself to jog for an hour, your self-regulatory capacity is proportionately enfeebled. Rather than lunching on a salad, you'll be more likely to opt for pizza.

Some of us can will ourselves to overcome our basic psychology, but most of us won't be very successful. "The most powerful determinant of your dietary intake is your energy expenditure," says Steven Gortmaker, who heads Harvard's Prevention Research Center on Nutrition and Physical Activity. "If you're more physically active, you're going to get hungry and eat more." Gortmaker, who has studied childhood obesity, is even suspicious of the playgrounds at fast-food restaurants. "Why would they build those?" he asks. "I know it sounds kind of like conspiracy theory, but you have to think, if a kid plays five minutes and burns 50 calories, he might then go inside and consume 500 calories or even 1,000." (Read "Why Kids' Exercise Matters Less Than We Think.")

Last year the International Journal of Obesity published a paper by Gortmaker and Kendrin Sonneville of Children's Hospital Boston noting that "there is a widespread assumption that increasing activity will result in a net reduction in any energy gap" — energy gap being the term scientists use for the difference between the number of calories you use and the number you consume. But Gortmaker and Sonneville found in their 18-month study of 538 students that when kids start to exercise, they end up eating more — not just a little more, but an average of 100 calories more than they had just burned.

If evolution didn't program us to lose weight through exercise, what did it program us to do? Doesn't exercise do anything?

Sure. It does plenty. In addition to enhancing heart health and helping prevent disease, exercise improves your mental health and cognitive ability. A study published in June in the journal Neurology found that older people who exercise at least once a week are 30% more likely to maintain cognitive function than those who exercise less. Another study, released by the University of Alberta a few weeks ago, found that people with chronic back pain who exercise four days a week have 36% less disability than those who exercise only two or three days a week.

But there's some confusion about whether it is exercise — sweaty, exhausting, hunger-producing bursts of activity done exclusively to benefit our health — that leads to all these benefits or something far simpler: regularly moving during our waking hours. We all need to move more — the Centers for Disease Control and Prevention says our leisure-time physical activity (including things like golfing, gardening and walking) has decreased since the late 1980s, right around the time the gym boom really exploded. But do we need to stress our bodies at the gym?

Look at kids. In May a team of researchers at Peninsula Medical School in the U.K. traveled to Amsterdam to present some surprising findings to the European Congress on Obesity. The Peninsula scientists had studied 206 kids, ages 7 to 11, at three schools in and around Plymouth, a city of 250,000 on the southern coast of England. Kids at the first school, an expensive private academy, got an average of 9.2 hours per week of scheduled, usually rigorous physical education. Kids at the two other schools — one in a village near Plymouth and the other an urban school — got just 2.4 hours and 1.7 hours of PE per week, respectively.

To understand just how much physical activity the kids were getting, the Peninsula team had them wear ActiGraphs, light but sophisticated devices that measure not only the amount of physical movement the body engages in but also its intensity. During four one-week periods over consecutive school terms, the kids wore the ActiGraphs nearly every waking moment.

And no matter how much PE they got during school hours, when you look at the whole day, the kids from the three schools moved the same amount, at about the same intensity. The kids at the fancy private school underwent significantly more physical activity before 3 p.m., but overall they didn't move more. "Once they get home, if they are very active in school, they are probably staying still a bit more because they've already expended so much energy," says Alissa Frémeaux, a biostatistician who helped conduct the study. "The others are more likely to grab a bike and run around after school."

Another British study, this one from the University of Exeter, found that kids who regularly move in short bursts — running to catch a ball, racing up and down stairs to collect toys — are just as healthy as kids who participate in sports that require vigorous, sustained exercise.

See nine kid foods to avoid.

Read "Our Super-Sized Kids."

Could pushing people to exercise more actually be contributing to our obesity problem? In some respects, yes. Because exercise depletes not just the body's muscles but the brain's self-control "muscle" as well, many of us will feel greater entitlement to eat a bag of chips during that lazy time after we get back from the gym. This explains why exercise could make you heavier — or at least why even my wretched four hours of exercise a week aren't eliminating all my fat. It's likely that I am more sedentary during my nonexercise hours than I would be if I didn't exercise with such Puritan fury. If I exercised less, I might feel like walking more instead of hopping into a cab; I might have enough energy to shop for food, cook and then clean instead of ordering a satisfyingly greasy burrito.

Closing the Energy Gap
The problem ultimately is about not exercise itself but the way we've come to define it. Many obesity researchers now believe that very frequent, low-level physical activity — the kind humans did for tens of thousands of years before the leaf blower was invented — may actually work better for us than the occasional bouts of exercise you get as a gym rat. "You cannot sit still all day long and then have 30 minutes of exercise without producing stress on the muscles," says Hans-Rudolf Berthoud, a neurobiologist at LSU's Pennington Biomedical Research Center who has studied nutrition for 20 years. "The muscles will ache, and you may not want to move after. But to burn calories, the muscle movements don't have to be extreme. It would be better to distribute the movements throughout the day."

For his part, Berthoud rises at 5 a.m. to walk around his neighborhood several times. He also takes the stairs when possible. "Even if people can get out of their offices, out from in front of their computers, they go someplace like the mall and then take the elevator," he says. "This is the real problem, not that we don't go to the gym enough." (Read "Is There a Laziness Gene?")

I was skeptical when Berthoud said this. Don't you need to raise your heart rate and sweat in order to strengthen your cardiovascular system? Don't you need to push your muscles to the max in order to build them?

Actually, it's not clear that vigorous exercise like running carries more benefits than a moderately strenuous activity like walking while carrying groceries. You regularly hear about the benefits of exercise in news stories, but if you read the academic papers on which these stories are based, you frequently see that the research subjects who were studied didn't clobber themselves on the elliptical machine. A routine example: in June the Association for Psychological Science issued a news release saying that "physical exercise ... may indeed preserve or enhance various aspects of cognitive functioning." But in fact, those who had better cognitive function merely walked more and climbed more stairs. They didn't even walk faster; walking speed wasn't correlated with cognitive ability.

There's also growing evidence that when it comes to preventing certain diseases, losing weight may be more important than improving cardiovascular health. In June, Northwestern University researchers released the results of the longest observational study ever to investigate the relationship between aerobic fitness and the development of diabetes. The results? Being aerobically fit was far less important than having a normal body mass index in preventing the disease. And as we have seen, exercise often does little to help heavy people reach a normal weight. (Read "Physical Fitness — How Not to Get Sick.")

So why does the belief persist that exercise leads to weight loss, given all the scientific evidence to the contrary? Interestingly, until the 1970s, few obesity researchers promoted exercise as critical for weight reduction. As recently as 1992, when a stout Bill Clinton became famous for his jogging and McDonald's habits, the American Journal of Clinical Nutrition published an article that began, "Recently, the interest in the potential of adding exercise to the treatment of obesity has increased." The article went on to note that incorporating exercise training into obesity treatment had led to "inconsistent" results. "The increased energy expenditure obtained by training may be compensated by a decrease in non-training physical activities," the authors wrote.

Then how did the exercise-to-lose-weight mantra become so ingrained? Public-health officials have been reluctant to downplay exercise because those who are more physically active are, overall, healthier. Plus, it's hard even for experts to renounce the notion that exercise is essential for weight loss. For years, psychologist Kelly Brownell ran a lab at Yale that treated obese patients with the standard, drilled-into-your-head combination of more exercise and less food. "What we found was that the treatment of obesity was very frustrating," he says. Only about 5% of participants could keep the weight off, and although those 5% were more likely to exercise than those who got fat again, Brownell says if he were running the program today, "I would probably reorient toward food and away from exercise." In 2005, Brownell co-founded Yale's Rudd Center for Food Policy and Obesity, which focuses on food marketing and public policy — not on encouraging more exercise.

Some research has found that the obese already "exercise" more than most of the rest of us. In May, Dr. Arn Eliasson of the Walter Reed Army Medical Center reported the results of a small study that found that overweight people actually expend significantly more calories every day than people of normal weight — 3,064 vs. 2,080. He isn't the first researcher to reach this conclusion. As science writer Gary Taubes noted in his 2007 book Good Calories, Bad Calories: Fats, Carbs, and the Controversial Science of Diet and Health, "The obese tend to expend more energy than lean people of comparable height, sex, and bone structure, which means their metabolism is typically burning off more calories rather than less."

In short, it's what you eat, not how hard you try to work it off, that matters more in losing weight. You should exercise to improve your health, but be warned: fiery spurts of vigorous exercise could lead to weight gain. I love how exercise makes me feel, but tomorrow I might skip the VersaClimber — and skip the blueberry bar that is my usual postexercise reward.

See the top 10 food trends of 2008.

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